viernes, 28 de marzo de 2014

Alegato

'Mujer en el baño', por Roy Lichtentein


Cada día la misma rutina. Él, con paso lento después de levantarse, parecía arrastrar los pies por el pasillo. Golpeaba la puerta débilmente  aunque era innecesario, ya que su presencia se había anunciado tras su penosa marcha y varios accesos de tos–. 

Hace muchos años que ya no dormían en la misma habitación y a pesar de ello, en aquel instante era como si estuvieran juntos y una pared invisible, a manera de galería, mostrara a dos fotografías antiguas, una frente a la otra. Él miraba el postigo con aquellos ojos de animal viejo y enfermo. Ella, recostada y de cara a la almohada, con ese rostro resignado que se había petrificado en algún punto del tiempo. Luego venía el baño. Su cuerpo había dejado de producir impresión en ella, ya no podía decir si era horrible o por lo menos viejo. En su cabeza tan sólo podía resumir líneas de expresión, arrugas, piel caída y ninguna de estas imágenes le despertaba emoción alguna. Era como un muñeco de trapo al que, cada día, debía lavar. Entonces ocurrió.


Una mañana de abril mientras tallaba su espalda, observó cómo los rastros de pellejo se mezclaban con el agua jabonosa y se deslizaban por el sifón. Le pareció que la espiral producida por la espuma y el líquido gris formaban un ojo con de pupila oscura y de repente, tras unos segundos de verlo, se dio cuenta de su propia desnudez. Casi sin querer volteó hacia el espejo que estaba frente a la tina de baño, del cual siempre había huido, y se horrorizó. Allí estaba ella, inclinada frente al hombre al que había jurado lealtad absoluta y no pudo reconocerse en el cuerpo marchito y borroso que le ofrecía el reflejo. No recordaba cuándo había decidido dejar de vestirse para bañarlo, seguramente fue una de aquellas decisiones mecánicas e inconscientes que había adoptado con el paso del tiempo, como dejar de maquillarse o comprar adornos para la casa. Los brazos del anciano temblaban y se contraían sobre sus piernas. Lo vio y se sintió desdichada. Ella recordó la mirada cándida de aquel muchacho pelirrojo que le propuso matrimonio casi balbuceando y no pudo reprimir una lágrima. Sin embargo, esbozó una sonrisa por los buenos tiempos. Tomó la esponja otra vez, la exprimió y acarició la espalda pálida con suavidad y firmeza, casi como una madre. Él se dio vuelta y le sonrió. Ella sintió cómo algo renacía dentro y se alegró casi con alivio. Lo amaba y eso la había convertido en aquello que era. Por eso, cuando el juez le preguntó por qué había envenenado a su esposo, tan sólo atinó a decir “por compasión” como una autómata, pero en el fondo sabía que había sido un acto de amor, el más puro y solemne que un mortal pudiera permitirse hacia otro.  

Yo se lo agradecí siempre.


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