Supongo que desde ese instante supe que M… me gustaba de
verdad. Tardé casi cuatro días, mientras dormía poco y comía mal, en decidir
qué hacer con ello. Desde que era un niño he tenido problemas con eso de
sobrellevar las angustias. Siempre he padecido grandes lapsos de depresión o
malestar cuando sé que no puedo obtener algo que quiero. Lo peor para un hombre
es imaginarse derrotado, aun antes de enfrentar cualquier batalla. La energía
consumida, gracias al pensamiento de los anhelos insatisfechos, hace que
cualquiera se avejente y pierda fácilmente ventaja o seguridad (si posee
alguna). Me ha sucedido de distintas formas, e incluso cuando he obtenido algo
que ansiaba, porque aquel temblor incipiente ha invadido mis rodillas y me he
desmoronado como un costal de escombros.
El primer paso, tras un gran período de estupor y miedo
(puramente autocontemplativo), fue invitarla a salir. Bueno, como no deseaba
llamarla y hablar con ella directamente, lo hice mediante un correo
electrónico. Gracias a un amigo que había estudiado alemán pude decirle, en su
propio idioma, que deseaba que fuera conmigo al lanzamiento de un poemario. De
esta forma me aseguré que I... no pudiera leer lo que le escribí. Le
ofrecí quedarse en mi casa, pues tengo un cuarto de huéspedes, y además le dije
que cualquier gasto corría por mi cuenta. Ella aceptó de buena gana e incluso
bromeó sobre mi candidez y amabilidad. Todo parecía indicar que las cosas
saldrían más o menos como (yo) esperaba.
Según lo acordado, nos encontraríamos en la entrada del
edificio de la C a las cinco de la tarde. Estuve allí desde las tres.
Mientras llegaba el momento traté de hacer cualquier cosa para distraerme; leí
un poco, tomé una cerveza, dormí, caminé y fumé un par de cigarrillos. Algo me
decía que quizás me preocupaba demasiado pero, por otra parte, en medio de un
mar de ideas ridículas, la voz de mi conciencia era el salvavidas menos fiable.
Me senté en una escalera junto al lugar de la cita. Eran las
cinco y treinta y dos minutos. M… no aparecía, y no apareció a las seis, y no
apareció a las siete menos cuarto. M…no vino. Solté mi decepción como unos
cuantos kilos de camarón muerto sobre la playa. Estaba vacío y ni siquiera
contemplaba la tristeza o el dolor como una alternativa. Quería ser Fry o Lou
Reed, y haber despertado de un sueño que hubiera durado mil años o haber muerto
mucho antes de ese momento. Tenía la extraña sensación de que no debía estar ni
un minuto sin esa total desconocida, a la que sólo había visto un par de
veces, como si de ello dependiera todo lo que sucedería después. Quería
golpearla, besarla, morderla y comérmela. No sabía qué era exactamente lo
que me pasaba y entonces, semejante a un zumbido alojado en mis
sienes sentí una especie de jaqueca que nubló mis sentidos y
entonces, dejé de pensar.
* * *
* * *
En aquel momento vi al poeta. Lo vi iluminado por su soledad
y una desventura más vieja que la ciudad y los muertos bajo nuestros pies. Se
acercó a mí y me extendió esa mano llena de gloria encuadernada y polvorienta.
Me miró con esos ojos turbios que rebosaban de sabiduría local y ridiculez
enciclopédica. Pronunció mi nombre:
-…. (voz inaudible)
-Hermano, he venido a escucharte. He venido al lanzamiento
de tu libro.
-…. (la voz se iba aclarando pero seguía siendo ruido)
-¿Cómo has estado?
-…. (por fin pensé que podía manipular el mundo y escuchar
lo que quisiera)
- Arturo, tanto tiempo mi hermano, ¿qué haces aquí solito?
Ya mismo empieza esta cuestión. Vente conmigo y veamos cuánta gente hay.
-Claro que sí, voy contigo. Solamente te estaba esperando.
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