sábado, 28 de diciembre de 2013

3 tentativas erradas para iniciar este blog, número 2: Enamoramiento y Vergüenza


Supongo que desde ese instante supe que M… me gustaba de verdad. Tardé casi cuatro días, mientras dormía poco y comía mal, en decidir qué hacer con ello. Desde que era un niño he tenido problemas con eso de sobrellevar las angustias. Siempre he padecido grandes lapsos de depresión o malestar cuando sé que no puedo obtener algo que quiero. Lo peor para un hombre es imaginarse derrotado, aun antes de enfrentar cualquier batalla. La energía consumida, gracias al pensamiento de los anhelos insatisfechos, hace que cualquiera se avejente y pierda fácilmente ventaja o seguridad (si posee alguna). Me ha sucedido de distintas formas, e incluso cuando he obtenido algo que ansiaba, porque aquel temblor incipiente ha invadido mis rodillas y me he desmoronado como un costal de escombros.

El primer paso, tras un gran período de estupor y miedo (puramente autocontemplativo), fue invitarla a salir. Bueno, como no deseaba llamarla y hablar con ella directamente, lo hice mediante un correo electrónico. Gracias a un amigo que había estudiado alemán pude decirle, en su propio idioma, que deseaba que fuera conmigo al lanzamiento de un poemario. De esta forma me aseguré que I... no pudiera leer lo que le escribí. Le ofrecí quedarse en mi casa, pues tengo un cuarto de huéspedes, y además le dije que cualquier gasto corría por mi cuenta. Ella aceptó de buena gana e incluso bromeó sobre mi candidez y amabilidad. Todo parecía indicar que las cosas saldrían más o menos como (yo) esperaba.

Según lo acordado, nos encontraríamos en la entrada del edificio de la C a las cinco de la tarde. Estuve allí desde las tres. Mientras llegaba el momento traté de hacer cualquier cosa para distraerme; leí un poco, tomé una cerveza, dormí, caminé y fumé un par de cigarrillos. Algo me decía que quizás me preocupaba demasiado pero, por otra parte, en medio de un mar de ideas ridículas, la voz de mi conciencia era el salvavidas menos fiable.

Me senté en una escalera junto al lugar de la cita. Eran las cinco y treinta y dos minutos. M… no aparecía, y no apareció a las seis, y no apareció a las siete menos cuarto. M…no vino. Solté mi decepción como unos cuantos kilos de camarón muerto sobre la playa. Estaba vacío y ni siquiera contemplaba la tristeza o el dolor como una alternativa. Quería ser Fry o Lou Reed, y haber despertado de un sueño que hubiera durado mil años o haber muerto mucho antes de ese momento. Tenía la extraña sensación de que no debía estar ni un minuto sin esa total desconocida, a la que sólo había visto un par de veces, como si de ello dependiera todo lo que sucedería después. Quería golpearla, besarla, morderla y comérmela. No sabía qué era exactamente lo que me pasaba y entonces, semejante a un zumbido alojado en mis sienes sentí una especie de jaqueca que nubló mis sentidos y entonces, dejé de pensar.

                                                                 *        *         *

En aquel momento vi al poeta. Lo vi iluminado por su soledad y una desventura más vieja que la ciudad y los muertos bajo nuestros pies. Se acercó a mí y me extendió esa mano llena de gloria encuadernada y polvorienta. Me miró con esos ojos turbios que rebosaban de sabiduría local y ridiculez enciclopédica. Pronunció mi nombre:

-…. (voz inaudible)

-Hermano, he venido a escucharte. He venido al lanzamiento de tu libro.

-…. (la voz se iba aclarando pero seguía siendo ruido)

-¿Cómo has estado?

-…. (por fin pensé que podía manipular el mundo y escuchar lo que quisiera)

- Arturo, tanto tiempo mi hermano, ¿qué haces aquí solito? Ya mismo empieza esta cuestión. Vente conmigo y veamos cuánta gente hay.


-Claro que sí, voy contigo. Solamente te estaba esperando.

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